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Cuerpos que no importan

Heridas interiores

No hace falta cruzar ninguna frontera para sentirse extranjero. El exilio interior —el insilio— es el de aquellos que se quedaron y perdieron igualmente su lugar, su lengua, su derecho a existir.

Migrar dentro de tu lugar (desde fuera/dentro)

Podemos comprobar que la conciencia del exilio ha estado más presente en una generación de creadores y creadoras del mundo occidental, cuya vida ha transcurrido a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. El tema, de manera directa o indirecta, aparece en diversos escritos u obras artísticas.

También en esta segunda mitad de siglo encontramos la figura de las personas que pierden su entorno, sus referencias vitales, su contexto. En estos casos no hay un desplazamiento físico, pero el sentimiento de exilio está muy presente. Es lo que llamamos insilio, o exilio interior: el mismo sentimiento de «sentirse desplazado», extraño o extranjero, pero en el propio país. Un exilio interior que vivieron muchos españoles republicanos que no pudieron exiliarse en 1939 y que padecieron en España la represión de la dictadura militar, tal como lo describe Laura Lozano Marín refiriéndose a un grupo de mujeres poetas testigos de la Guerra Civil que vivieron durante la dictadura franquista, con sus componentes de represión, autocensura e invisibilización.

Heridas del lenguaje (solo tengo una lengua, no es la mía)

Los efectos emocionales se traducen a la lengua, y a los que se producen por efecto del exilio podríamos llamarlos «heridas del lenguaje».

Francesc Tosquelles, el gran psiquiatra de Reus, se refería a su forma de hablar como una especie de catafranç, una suerte de francés con un fuerte componente sonoro de su lengua de origen. Este estadio del lenguaje a-estructural, ajeno a la comunicación y tan propio del exilio y de la pérdida esencial que conlleva, está presente en la propia estructura del relato de toda persona migrante. Jaques Derrida y Hélène Cixous, en Langue à venir, de 2004, desarrollan los efectos del lenguaje en relación con la diferencia sexual y las cuestiones de exclusión social postcolonial. Así, la lengua, en el exilio, se transforma en un síntoma, deja rastro, igual que las complejas variaciones lingüísticas que se producen en la literatura de autores impactados por las migraciones y las terribles experiencias de la guerra, como las de Paul Celan, la propia Cixous o Gloria Anzaldúa.

De este modo, la lengua emerge como necesidad de coherencia y transmisión en el habla de los migrantes y su lucha audaz por la supervivencia individual, y en relación con su carácter inevitablemente identitario.