Cuando la movilidad es un marcador de clase. Vidas precarizadas, fronteras que matan, cuerpos sin papeles ni derechos. Los movimientos migratorios como tema central en las obras contemporáneas.
Las innombrables crisis sobrevenidas en el siglo xx y xxi han contribuido a alimentar la sociedad del riesgo, caracterizada por la flexibilidad laboral, la debilitación de la clase media y el aumento de la exclusión social. En estas condiciones, las dinámicas migratorias nos demuestran cómo la movilidad, así como la inmovilidad, se han configurado como marcadores de estratificación social.
Poco a poco, los viajes de los artistas se van transformando en estancias de mucha precariedad, rodeadas de una nube de «artisticidad bohemia» que los propios artistas alimentan.
En la segunda mitad del siglo xx, los viajes migratorios evidencian con más claridad la situación propia y ajena a las obras cada vez más radicalmente políticas, aunque el siglo xxi es el que revela la realidad de la migración y el exilio. Obras que reflejan con crudeza los movimientos migratorios se hacen presentes, colocando el tema como central en las problemáticas abordadas, abriendo el espacio a las reflexiones coloniales y de exclusiones más amplias.
Más de diez millones de personas en el mundo no son reconocidas como ciudadanas de ningún país. ¿Qué tienen en común la escritora Gioconda Belli, un gitano kosovar, una kurda de Siria o un saharaui? Todos ellos son, o han sido en algún momento, apátridas. Es decir, no son reconocidos como ciudadanos de ningún país, lo cual supone que dejen de tener los derechos que confiere la nacionalidad. Eso sí, no han llegado a esta situación de la misma forma ni saldrán de aquí con la misma facilidad. Porque la clase existe incluso para ser víctima de la opresión de los estados.
En los países del occidente rico y colonialista, no nos preguntamos cómo adquirimos la nacionalidad. Nacemos y la tenemos. Una persona apátrida tiene dificultades para trabajar legalmente, no tiene acceso a la educación ni al sistema sanitario. La población rohingya del oeste de Myanmar —un colectivo musulmán en un país de mayoría budista— representa el grupo apátrida más numeroso del mundo con mayoría femenina. Veinticinco países del mundo no permiten a las mujeres transmitir la nacionalidad a sus hijos en igualdad de condiciones con los hombres. De hecho, esta es una de las principales causas de la apatridia infantil.
Muchos saharauis, cuando el Sáhara fue reconocido como provincia española, adquirieron la nacionalidad española, pero luego la perdieron a causa del abandono del gobierno español, convirtiéndose en apátridas.
En el relato de la constitución de muchas culturas, se narran migraciones antes de la formación del pueblo al que se pertenece. El éxodo, como la salida de los hebreos de Egipto, está considerado el hecho fundador de la formación del pueblo de Israel. Pero debemos tener en cuenta que el punto de partida del éxodo es la opresión. Por tanto, entender el elemento migratorio como eje fundador de un pueblo, aunque, de hecho, lo sea, no parece tan real como el imaginario mítico quiere creer. Los hebreos no son egipcios oprimidos por egipcios, sino que son extranjeros que trabajan para el imperio egipcio. Pese a que varias generaciones ya se habían asentado, siempre siguieron siendo extranjeros. Las leyes que prohíben el maltrato al extranjero surgieron por el evidente maltrato, desgraciadamente tan habitual. El recuerdo de la identidad de extranjero y su experiencia marca los límites que tendrá la persona extranjera para ejercer sus derechos y para llegar a los espacios de decisión social y política.
Por otro lado, la experiencia del exilio marca profundamente la vida del desplazado, y su arraigo en el lugar se transforma en un continuo conflicto personal y social, tanto en el aspecto identitario como vivencial.
El Grand Tour fue una costumbre extendida entre el siglo XVII y principios del siglo XIX que consistía en un viaje a través de Europa, con Italia como destino clave, emprendido por jóvenes europeos de clase alta interesados en la cultura y el arte. En un principio, los viajes se llevaban a cabo en carruajes, particularmente las berlinas. Esta idea de formación «europea» se extendió en el espacio y el tiempo, de manera que muchos artistas del siglo XIX y XX españoles y catalanes la consideraron un hito importante en su carrera, hasta el punto de que, incluso en las épocas más oscuras de la España franquista, muchos artistas viajeros preferían mostrarse como grand touristes sin reconocer su condición de inmigrantes o exiliados.
Nunca como en aquellos primeros cinco meses de 2024 habían muerto tantas personas ahogadas en el mar mientras intentaban llegar a territorio español: 33 cada día o 5.054 entre enero y mayo, entre ellas 50 criaturas. Se trata de una tragedia que evidencia el fracaso de las políticas de control de la inmigración procedente del Sur global. Políticas que, lejos de frenar el movimiento, aún provocan más mortalidad. Es destacable que la Comunidad Europea restringe cada vez más la entrada de la «indeseable» inmigración. Todas estas personas venían a vivir dignamente, a trabajar y a formarse. Sin embargo, el «búnker» europeo cada vez más xenófobo no encuentra límites en sus decisiones.
El viaje, muchas veces, también representa la posibilidad de recorrer un espacio imaginario donde precisamente no existen fronteras. En este caso, la propia literatura puede convertirse en la modalidad del viaje; en efecto, se puede «viajar leyendo». De ninguna manera, en cambio, se puede «migrar leyendo». El exilio y la migración, mediante el desplazamiento del cuerpo, generan la pérdida del lugar de origen, ya que implican un desarraigo duradero que puede significar un desgarramiento.
A lo largo de la historia del arte, la experiencia del viaje ha sido siempre un tema importante en la trayectoria formativa, profesional, como motivo de inspiración artística o como huida o exilio. A finales del siglo XIX y XX, los artistas que viajaban a París, Londres u otros lugares de Europa en muy pocos casos expresaban o hablaban en sus obras de la situación penosa en que vivían o la situación política de su país, a excepción de unos pocos que evidenciaban su compromiso político y, a la vez, muchos de ellos mantenían un tono melancólico.
En muchos casos, el viaje se transforma en una máscara glamurosa que oculta un trabajo eminentemente político, desde la acción más activista hasta la intención más comunitaria y cultural, como es el caso de Apel·les Fenosa, de quien hablaremos en otro capítulo.
Podemos comprobar que la conciencia del exilio ha estado más presente en una generación de creadores y creadoras del mundo occidental, cuya vida ha transcurrido a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. El tema, de manera directa o indirecta, aparece en diversos escritos u obras artísticas.
También en esta segunda mitad de siglo encontramos la figura de las personas que pierden su entorno, sus referencias vitales, su contexto. En estos casos no hay un desplazamiento físico, pero el sentimiento de exilio está muy presente. Es lo que llamamos insilio, o exilio interior: el mismo sentimiento de «sentirse desplazado», extraño o extranjero, pero en el propio país. Un exilio interior que vivieron muchos españoles republicanos que no pudieron exiliarse en 1939 y que padecieron en España la represión de la dictadura militar, tal como lo describe Laura Lozano Marín refiriéndose a un grupo de mujeres poetas testigos de la Guerra Civil que vivieron durante la dictadura franquista, con sus componentes de represión, autocensura e invisibilización.
Los efectos emocionales se traducen a la lengua, y a los que se producen por efecto del exilio podríamos llamarlos «heridas del lenguaje».
Francesc Tosquelles, el gran psiquiatra de Reus, se refería a su forma de hablar como una especie de catafranç, una suerte de francés con un fuerte componente sonoro de su lengua de origen. Este estadio del lenguaje a-estructural, ajeno a la comunicación y tan propio del exilio y de la pérdida esencial que conlleva, está presente en la propia estructura del relato de toda persona migrante. Jaques Derrida y Hélène Cixous, en Langue à venir, de 2004, desarrollan los efectos del lenguaje en relación con la diferencia sexual y las cuestiones de exclusión social postcolonial. Así, la lengua, en el exilio, se transforma en un síntoma, deja rastro, igual que las complejas variaciones lingüísticas que se producen en la literatura de autores impactados por las migraciones y las terribles experiencias de la guerra, como las de Paul Celan, la propia Cixous o Gloria Anzaldúa.
De este modo, la lengua emerge como necesidad de coherencia y transmisión en el habla de los migrantes y su lucha audaz por la supervivencia individual, y en relación con su carácter inevitablemente identitario.
Los «indeseables». Así fueron nombrados los refugiados españoles por las autoridades francesas en 1939. La ultraderecha francesa criminalizó a los republicanos como ahora criminalizan a los sirios llamándolos delincuentes. «La libertad, la igualdad y la fraternidad no eran para nosotros», recuerdan los exiliados españoles. El Gobierno francés los recibió muy hostilmente. Sin embargo, los historiadores calculan que el éxodo español superó las 500.000 personas. A pie, por la misma carretera de Portbou que recorrió la familia Machado, o la de La Junquera, buscando refugio en Francia.
El barco inglés Stanbrook fue otro símbolo del exilio español. El capitán galés Archibald Dickson zarpó cargado con 2.638 personas hacia Orán, esquivando la aviación alemana y el barco Canarias, que trató de hundirlo. Se trataba de crear el homo patiens, que denomina Salvador Cayuela Sánchez en su libro Por la grandeza de la patria, en el que la subjetividad idiosincrática del franquismo, acaso emparentada con la producida por otros regímenes totalitarios, sin duda fue clave para el sostenimiento del nuevo estado franquista.
Estas situaciones tan hostiles fueron compensadas con espacios de acogimiento transformados en islas imprescindibles para el oxígeno de una sociedad destinada a ser la sociedad de la resignación. Es justamente por esto que son tan importantes los espacios de disidencia y acogimiento que trataron de mantener espíritus libres, como la casa de Apel·les Fenosa y Nicole Florensa, la Escola d’Art de Tarragona y la Sala Tres de Sabadell. Encontraréis más información de cada espacio en las fichas de las imágenes de esta sala.
Una mirada «exótica» es la que configuró una determinada perspectiva de la alteridad, fijando los estereotipos de los «otros» en el momento en el que Europa se expandía y establecía relaciones de dominio por todo el mundo. La apropiación de bienes culturales se produce por un ansia colonizadora y soberbia que se siente ama de todo lo que se presenta ante su mirada paternalista o, incluso, criminal.
Hasta hace relativamente poco tiempo, ni se planteaba la parte oscura de la expedición que encontró el gorila blanco en Guinea Ecuatorial, o qué efectos tuvo la egiptomanía en Catalunya.
Los museos de arte poseen innumerables obras que son producto de expolios más o menos enmascarados en compras en condiciones muy desiguales. Pero lo que construye un imaginario realmente significativo son las obras que representan a mujeres de «belleza exótica», producto del imaginario masculino, así como «indígenas primitivos» con los que pretenden justificar el colonialismo, el expolio o, en algunos casos más extremos, el esclavismo y el genocidio.
En estos momentos, países como Alemania han abierto la puerta a la devolución del arte colonial y muchos otros, incluidos España y Catalunya, se están planteando el tema. Pero lo que es evidente es que este imaginario colonial, autoritario y machista es el que ha construido la cultura occidental, cuya revisión y transformación requerirá mucho trabajo y esfuerzos mancomunados para que se lleve a cabo.